A veces nuestro límite llega sin quererlo. Nos arrastra y nos confiesa que nuestra vida debe cambiar de sentido. Que no es que necesite un nuevo rumbo, sino quizá una nueva manera de hacer las cosas. Y es que a veces hasta la vida se desquicia con nosotros porque piensa que la complicamos demasiado. Con lo fácil que es ella, dice. Que en el fondo solo quiere que vivamos, que para algo respiramos.
Pero somos cabezotas, queremos encontrar cualquier resquicio que no sea perfecto para quejarnos de su imperfección. Y así, día tras día. No queriendo valorar el mero hecho de levantarnos bajo un techo que nos da café con tostadas. Que sé que a veces el café es triste y las tostadas están quemadas. Pero nos debería bastar con ver que ese día hace un poco de sol. Y si llueve, tener un paraguas de colores, para convertir las gotas en arcoiris.
A mi la vida me confesó que no tenía mayor misterio, que así funcionaba. Buscando lo bueno, que es mucho, entre lo malo, que es bastante más. ¿Pero y qué sería de todo lo bueno si no nos costara el doble? Quizá sería demasiado banal pensar que es mejor que lo que consideramos menos bueno.
Una ruleta que de rusa tiene mucho, un circulo vicioso que se marea de su propia velocidad. ¿Tan difícil es querer ser feliz? Sí, quererlo; porque estamos tan concentrados en serlo, que a veces nos olvidamos de que es cuestión de ambas: de querer para poder serlo.
¿Y yo? Yo quiero ser feliz contigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario