A veces nuestro límite llega sin quererlo. Nos arrastra y nos confiesa que nuestra vida debe cambiar de sentido. Que no es que necesite un nuevo rumbo, sino quizá una nueva manera de hacer las cosas. Y es que a veces hasta la vida se desquicia con nosotros porque piensa que la complicamos demasiado. Con lo fácil que es ella, dice. Que en el fondo solo quiere que vivamos, que para algo respiramos. 

Pero somos cabezotas, queremos encontrar cualquier resquicio que no sea perfecto para quejarnos de su imperfección. Y así, día tras día. No queriendo valorar el mero hecho de levantarnos bajo un techo que nos da café con tostadas. Que sé que a veces el café es triste y las tostadas están quemadas. Pero nos debería bastar con ver que ese día hace un poco de sol. Y si llueve, tener un paraguas de colores, para convertir las gotas en arcoiris. 

A mi la vida me confesó que no tenía mayor misterio, que así funcionaba. Buscando lo bueno, que es mucho, entre lo malo, que es bastante más. ¿Pero y qué sería de todo lo bueno si no nos costara el doble? Quizá sería demasiado banal pensar que es mejor que lo que consideramos menos bueno. 

Una ruleta que de rusa tiene mucho, un circulo vicioso que se marea de su propia velocidad. ¿Tan difícil es querer ser feliz? Sí, quererlo; porque estamos tan concentrados en serlo, que a veces nos olvidamos de que es cuestión de ambas: de querer para poder serlo.  


¿Y yo? Yo quiero ser feliz contigo. 
Sé que sonreirás como nunca creías que podías hacerlo. Que vivirás sin miedo tu vida y esa otra que es nuestra. Que volveremos a reírnos de la pelusilla que se ve en los rayos de sol, a crear historias con zorros y elefantes. Que volverás a abrazarme con fuerza, mucha fuerza. 

Sabemos que es un camino muy largo, nadie dijo que fuera fácil ni que fuera a dar un vuelco de esta manera. Nos toca de nuevo ser todo lo fuertes que sabemos. Me toca a mí serlo cuando tú no puedas. Porque voy a levantarte cada día que te vea en un escalón más bajo. Tiraré de ti cuando con tu mirada me digas ayúdame o cuando lo grites a los a todos los vientos que te muevan el pelo.

Esto no es solo tuyo, es un trabajo en equipo. Un equipo de esos que quizá no gana Champions, pero que hace feliz, muy feliz el camino hasta la gran final. De esos con los que cantas cada gol como si fuera el que diera el título, pero con el que te enfadas irracionalmente cuando las cosas no salen bien. Lo bueno es que como equipo, celebraremos y nos enfadaremos juntos. 

Ya sabemos que el mundo no deja de jodernos, que si fuera justo lo sería con los que más trabajan para conseguir sus metas. Pero la suerte, el destino o lo que quiera que sea que nos lleve en zig-zag por el camino de la vida no es justa ni tolerante. Si lo fuera, muchas cosas serían diferentes. Ya nos lo decimos todos los días. Lo que no nos repetimos es que hay que ser más fuertes que todo esto. Está claro que no se puede luchar contra ello, vamos entonces a saber convivir de la mejor manera posible. A disfrutar de las pequeñas cosas. 

¿Por qué siempre que nos obsesionamos con algo tiene que ser malo? Nunca pensamos demasiado en lo feliz que me hace que nos quieran, en lo bueno que es sentir calor en verano y frío en invierno. Todo lo que nos hace dar vueltas a la cabeza nunca es bueno. 

¿Por qué no obsesionarnos con algo bonito? Voy a obsesionarme con sacarle una sonrisa cada día, voy a pensar solo en decirle lo que le quiero cada vez que despierte. Voy a pensar cada noche en que mañana según despierte, tengo un mar de posibilidades para construirme. Un millar de palabras que decir, muchas cosas a las que dar forma a la historia, nuestra historia.


Si queremos ser felices tenemos que ser los timones de nuestra propia ruta. Yo te daría el mío para que se guiaran juntos hasta donde sea que esté tu felicidad, que sí, inevitablemente será la mía. 
 Se acaba el disco que la hipnotiza consumiéndola los oídos y dibuja letras de color asfalto que quieren convertirse en cielo, pero se quedan en el bordillo de la carretera. Harta de escuchar balas que la atraviesan porque su escudo se oxidó una mañana de un mes cualquiera que no utilizó el tiempo para cerrar agujeros, coser arañazos.

Está cansada de escuchar gilipolleces que quieren tapar silencios, cuando casi nadie tiene nada mejor que decir que el silencio. Mira el cielo y ya está oscuro a la mitad del segundo párrafo. El coche pita, la moto ruge y el semáforo parpadea. La distrae el ruido de la sartén del final del pasillo y no tiene hambre de una mesa de tantos comensales insatisfechos, pero su tripa ronronea libertad.

Que se atasca, se mece y su mente la vence pidiendo deseos, porque puestos a pedir, todos al fin y al cabo, nos necesitamos juntos y verdaderos.