Tantos ''adioses'' diferentes, solitarios. Con llegada o sin retorno. Y cuán dolorosos todos sin dejar ni uno. Adiós a un hijo cuando comienza su nueva vida, adiós antes de coger un tren, adiós al salir de casa.
Adioses obligados. Los peores. Incitados por circunstancias pésimas, desgarradoras. Adiós a un padre por ser mayor, a una madre por no aguantar más el dolor, adiós a un hermano, a un hijo...
¿Cómo se hace/dice un adiós obligado al amor de tu vida?
Una vida entera obligada a detenerse, miles de cenas preparadas a las once de la noche porque él trabajaba hasta tarde, que son obligadas a desaparecer, mesas que notarán la ausencia de un comensal. Un corazón que recordará el día en que le dijo te quiero, una cama fría que extrañará la calidez de dos cuerpos al tocarse. Rutinas hechas para romperse.
Lloramos demasiado por no conseguir estar al lado de quien amamos. Cuánto pues, estamos dispuestos a llorar, cuando una vez hechos todos los recuerdos posibles, nos obligan tan solo a recordarlos, y nos quitan la posibilidad de volver a intentarlos.
Es como darle un caramelo a un niño, con el agravante de desenvolverlo y tras ello no perder tiempo en quitárselo de las manos. Y es que, no nos bastaría toda una vida para hacernos a la idea de que, más tarde o más temprano todo desaparecerá, nos convertiremos en ''recordadores de recuerdos'' y personas, o si tenemos suerte en recuerdos que otros recordaran, y creerme cuando digo que ésta última es la mejor de las posibilidades. No sufres, vuelas y te anclas en aquellos corazones que no te olvidarían por nada del mundo.
Descansa, porque todavía vives; siempre y cuando nosotros estemos dispuestos a seguir creciendo.
Melancolía aburrida cuando el sol se esconde,
y me sigue mostrando su cara alegre cuando sé
que la noche sigue siendo más confortable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario