Barcelona.
De nuevo la rutina de la soledad. Te persigue y de una manera o de otra te encuentra. Y te asume a su vida, aunque te resistas, finalmente te resignas a aceptarla. Quizá, por eso que a lo mejor la visión de diversas personas no se denomine pesimista, si no realista. Porque como muchos de ellos dicen, la vida no es todo de color de rosa, pese a que los niños pequeños sigan pintando, no solo con el rosa, si no con todos los colores del arco iris.
Esa soledad a veces pesimista, asume en la verdadera realidad. La realidad de las discusiones, la realidad de los días grises, la de la tristeza, la del rechazo... la de la añoranza.
La tristeza a veces se hace palpable, ya que por muchos pensamientos buenos que intentes buscar, automáticamente se anulan. No sirve una sonrisa falsa cuando tu alma se encuentra enferma, y no con grados elevados de fiebre, si no con el incomprensible e ineludible hecho de despreciar la vida, de no querer vivirla, con toda la intensidad que merece. Con lo bonito y maravilloso que es disfrutar de un día de sol, un paseo por el parque, aspirar el olor a hierba mojada... Es ahí donde aparecen los pensamientos negativos que anulan, sintetizan y limitan al sol. La soledad, en definitiva instrumento indestructible, que cuando menos lo esperas vuelve a por ti.


Y es que yo, necesitaba su mano en ese paseo por el parque, su mirada y su sonrisa más cerca de mi que de cualquiera. Esos sentimientos dulces, increíbles, vivos. Ahora, la mano de la soledad es más fría.




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